un lapso que muere y otro que surge, ni el cumplimiento de un proceso astronómico aturden y
socavan la altiplanicie de esta noche y nos obligan a esperar las doce irreparables campanadas.
La causa verdadera es la sospecha general y borrosa del enigma del tiempo; es el asombro ante
el milagro de que a despecho de infinitos azares perdure algo en nosotros, inmóvil.
Final del año

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